OPINIÓN

Los deshumanizados

El pánico colectivo. El borreguismo. La necesidad de desahogar nuestras propias frustraciones con el más débil. La ignorancia. La falta de una educación diversa e inclusiva.

Así empiezo mi reflexión sobre los ataques a diferentes centros de menores no acompañados en los últimos días en Cataluña.

¿Qué es lo que legitima a un grupo de vecinos a manifestarse ante un centro de MENA para pedir “que se vuelvan a sus casas”? ¿Por qué esta falta de humanidad, comprensión y solidaridad están tan sumamente normalizadas?

Ser de un bando o de otro, ésa es la cuestión

A mí no se me ocurre otra cosa que basarme en la presente e imperante deshumanización que realizamos, constantemente, con respecto a todos esos colectivos que no responden a un mismo canon: Ser hombre, cisgénero, heterosexual, blanco y de clase media-alta.

En la cajita de “deshumanizados” entramos todas las personas que nos escapamos de ese marco que, subliminal o directamente, todas las películas de Disney, discursos políticos y medios de comunicación, nos han transmitido desde el principio de nuestra existencia. Ser mujer, por lo tanto, y morir por ello es bastante “normal”. Lo mismo si eres inmigrante. Imagínate ser mujer e inmigrante. Despídete.

Eso es lo que pasa pues cuando el “moro” de turno llega a tu país, a tu municipio, y de repente alguien roba en el súper de tu barrio, se te estropea la caldera o se te muere el gato. “Todo esto es culpa de ellos, que vienen aquí a robar”.

¿Miedo a lo desconocido?

Dice el sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman en su libro Desconocidos en la puerta de casa que “para los del otro lado de la puerta, aquellos refugiados siempre han sido – y aún lo son- unos desconocidos. Las personas foráneas tienden a causar angustia precisamente porque son ‘desconocidas’ y, por lo tanto, son imprevisibles y temidas, a diferencia de las personas con las que interactuamos cada día de las que nos pensamos que sabemos qué podemos esperar.”  

Todos y cada uno de los discursos y actos que realizamos para deshumanizar al prójimo, incluso de forma inconsciente, reflejan nuestra tendencia a ver a estos refugiados e inmigrantes como “la bestia”, como ese gran desconocido, anulando la idea de que es una persona con los mismos derechos que nosotros y nosotras.

Mientras escribo esto escucho en un programa de televisión como bromean con “el negro del WhatsApp”. Una broma que podría parecer de lo más inofensiva, que se ha hecho viral y que, al parecer, todavía no ofende a nadie. Pero lo cierto es que estamos olvidando que, realizar bromas fuera de nuestro propio colectivo y en las que el objeto de burla es un colectivo que goza de menos privilegios que nosotros y que está sometido a una discriminación constante, lo único que hace es promover esa discriminación, así como la perpetuación de estereotipos y desigualdades (Desirée Bela dixit).

Terrorismo de blancos

Dicho todo esto, propongo que nos imaginemos la situación al revés: Vamos a pensar que esa casa de colonias de Castelldefels hubiera estado habitada por menores huerfanitos blanquitos (no inmigrantes, sino bien españoles), y que un grupo de 25 encapuchados de nacionalidad marroquí, tunecina, algeriana o subsahariana, se hubiesen personado en ella con la intención de intimidar y de destrozarla.

Solamente me viene una definición a la cabeza: La palabra es terrorismo.

Lo mismo hubiera sucedido si el hombre que entró con un machete en el centro de Canet de Mar no hubiese sido de nacionalidad española, pues os recuerdo que el ataque producido en el 2017 a golpe de cuchillo en la estación Saint-Charles de Marsella, por parte de un hombre que gritó consignas en árabe antes de acuchillar a dos mujeres, fue calificado de esta manera.

¿Qué es lo que hace pensar en ese momento que estamos hablando de terrorismo? ¿Las consignas en árabe? ¿El color de piel del agresor?

No existe una definición de terrorismo homogéneamente aceptada por todos los países europeos, sino que es cada país el que considera qué actos merecen colgar esa etiqueta. Y esto, en ciertas ocasiones, se puede convertir en un arma de doble filo.

Yo, como buena feminazi, también podría, en un rápido intento de relativizar los hechos, decir que en ese caso se podía haber tratado de un feminicidio, puesto que ambas víctimas eran mujeres. No obstante no tenemos la misma facilidad para hablar de asesinatos a mujeres que de terrorismo.

El discurso del miedo

Pero no hay que olvidar que en Francia el gobierno vive de aplicar sus políticas racistas y de meter el miedo en el cuerpo a sus ciudadanos, haciéndoles sospechar de todo y de todos. Advirtiendo en sus estaciones de tren de la alerta terrorista a la que está expuesta el país y aconsejando a los viajeros “advertir a las autoridades si ven algo sospechoso”. Define sospechoso.

Las personas que compran el discurso del miedo, que se dejan llevar por esa “doctrina del shock” (definida por Naomi Klein en el año 2007), no son personas afiliadas a un determinado partido político. El discurso está presente en nuestros medios de comunicación, en nuestras comidas familiares y quedadas con amigos, en nuestras noches de ocio y en nuestras tardes de domingo viendo películas. Este mensaje está presente muchas noches en nuestras casas, cuando decidimos ver series españolas que dan por hecho que ser “moro” y vivir en Ceuta es ya sinónimo de ser un traficante de drogas o un terrorista.

Recuerdo cuando hice mi trabajo de final de carrera sobre la cobertura de un periódico español (que en ese momento se suponía que era un periódico de izquierdas) de los ataques terroristas en París. Eran incontables las veces en las que aparecía la palabra terrorista o terrorismo al lado de islámico/a. Lo mismo ocurre todavía cuando en ciertas tertulias y medios de comunicación escritos se incluye la nacionalidad, aún sin ser relevante, en el titular de una noticia relacionada con robos, hurtos o violaciones: “A la chica la violaron entre cinco, uno de ellos marroquí”.

Son todos estos factores los que terminan causando que estemos todos sumergidos en una especie de experimento Milgram, en el cual la autoridad son las leyes, los medios de comunicación, las instituciones y los políticos, que nos comen la oreja sobre lo peligrosa que es la diversidad y el riesgo a acabar enterrados y asesinados por esa masa, ola, oleada, tsunami, avalancha de refugiados e inmigrantes que nos acecha.

Los deshumanizados
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Clara E. Mengual

Sobre el autor

Clara E. Mengual

Periodista especializada en estudios migratorios y cooperación para el desarrollo. Me gustan los libros, volar libre, el yoga y hacer la revolución.

Escribo sobre feminismo, migración y viajes.

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