Editorial

Muere Alfredo Pérez Rubalcaba

El socialista Alfredo Pérez Rubalcaba, ministro durante la etapa de Felipe González y vicepresidente del gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, ha fallecido a los 67 años de edad tras sufrir un ictus el pasado miércoles.

A Rubalcaba se le practicó un cateterismo en el hospital Puerta del Hierro, en el que permanecía ingresado, pero ya esta mañana las lesiones neurológicas derivadas del ictus habían llevado al hospital a calificar su estado de “extrema gravedad”. Finalmente, el que fuese secretario general del PSOE ha fallecido este viernes. La política española pierde un personaje incansable, con perfil propio, trabajador y sobretodo un hombre de estado.

Una figura histórica

Doctorado en Química Orgánica, Rubalcaba impartía en la actualidad clases en la facultad de Ciencias Químicas de la Universidad Complutense de Madrid desde que renunciase a su escaño y se apartase de la vida política el 2 de septiembre de 2014.

En 1993 fue nombrado ministro de la Presidencia y de Relaciones con las Cortes. En las elecciones de ese mismo año consiguió un escaño en el Congreso de los Diputados, que renovó en las elecciones de 1996, en las que el PSOE perdió el poder. Su carrera política dentro del partido fue fulgurante a partir de entonces. En 1997 fue nombrado miembro de la Ejecutiva en el XXXIV Congreso y en 2000, cuando el PSOE eligió a Zapatero como secretario general, Rubalcaba se integró en el Comité Federal de la organización. En 2002 entró a formar parte del comité electoral para planificar las elecciones legislativas de 2004. En dichas elecciones, ganadas por el PSOE, consiguió un escaño y fue designado portavoz socialista en el Congreso. Es muy recordada la frase que pronunció en la jornada de reflexión de esos comicios, tras los atentados del 11-M: “Los ciudadanos españoles se merecen un Gobierno que no les mienta”.

Contra el terrorismo

Su figura creció aún más cuando volvió a formar parte del Ejecutivo socialista. Primero, como ministro del Interior, desde donde fue uno de los principales artífices de que ETA dejase de matar, y más tarde también como vicepresidente y portavoz, cargos que abandonó para asumir la candidatura del PSOE a las generales del 2011.

Aquella fue una experiencia mucho más ingrata. Los socialistas venían de aprobar impopulares recortes durante la crisis económica; el propio Rubalcaba sabía que tenía poco que hacer frente a Mariano Rajoy. Obtuvo 110 escaños. El resultado socavó el suelo electoral del PSOE (que en el 2016 caería hasta los 84 diputados), pero podría haber sido peor. Se presentó al congreso socialista del 2012 y ganó por poco a Carme Chacón, convirtiéndose en el nuevo secretario general del partido.

No tuvo ni un segundo de respiro. No es que Rubalcaba hubiese tenido una vida tranquila hasta ese momento, al contrario, pero la contestación interna a su autoridad, sobre todo desde la federación andaluza, que había apoyado a Chacón, empezó desde el primer momento. Lo cual, por otra parte, no impidió que impulsara ambiciosas iniciativas. Su preocupación por la crisis territorial hizo que lograra algo casi imposible: reunir a todos los socialistas, incluido el PSC, en torno a su propuesta de reforma federal de la Constitución.

Las últimas elecciones europeas fueron su puerta de salida. El PSOE, con Elena Valenciano de candidata, la vicesecretaria general y mano derecha de Rubalcaba, obtuvo entonces 14 escaños frente a los 16 del PP. Pero el exvicepresidente ya había decidido antes dejar el liderazgo socialista. Concluyó que su tiempo político había acabado. Debía ceder el testigo a dirigentes de menor edad.

La faceta íntima

Tenía fama de frío y calculador, de estratega maquiavélico, pero hay otras facetas mucho menos conocidas. Ávido lector de novela negra, al tanto de las últimas series (su favorita era ‘Peaky Blinders’, sobre una banda de atracadores en el Birmingham de entreguerras), Rubalcaba era un hombre muy sensible, de lágrima fácil. Tampoco era rencoroso. Solía llamar y mostrar su enfado cuando no compartía una información que le afectaba, porque a él, y en esto también era distinto de tantos políticos que solo se relacionan con las altas instancias de los medios, le gustaba tener contacto con el redactor. Pero tendía a olvidar las afrentas.

A finales del año pasado, durante una cena con periodistas en la que también participó una compañera que estaba muy enferma, Rubalcaba se volcó en ella. Se emocionó. Cada vez que la redactora se marchaba al baño del restaurante, él comentaba: “¿Notáis el silencio que se hace en la mesa? Es terrible”.

Un silencio similar, pero más amplio dada la trascendencia de su figura, se ha producido este viernes. En un momento de política a golpe de tuit, de intervenciones parlamentarias en las que solo se busca la foto a través de una frase ocurrente o algún objeto o atuendo extraño que acompaña al diputado, Rubalcaba, para bien o para mal, era otra cosa.

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